Desde
1910, conmemoración centenaria de la república, la ciudad
cuenta con alumbrado público. Santiago aún disfruta de
la bonanza económica del salitre del norte, bonanza que será
bruscamente suspendida con la invención del salitre sintético
por los alemanes, dando paso a una grave crisis. Grandes movilizaciones
sociales tranforman la sociedad. El afrancesamiento de la clase alta
se expresa en la irrupción del art noveau y el art decó que aparece incluso
en edificios públicos.
Se inicia el desarrollo industrial del país.
El estado toma gran parte de esta tarea, creando instituciones como
la Corfo, que de rebote incuban una creciente clase media nacional.
Ese estado paternalista ofrece orden, austeridad, educación y
progreso. Los chilenos son hijos de ese padre colectivo, pobre pero
bonachón.
Carros
y góndolas con "imperial", llevan a los santiaguinos
a sus lugares de trabajo. Las calles se llena de ruidosas "burras",
que circulan al compás de sus características bocinas.
Siempre hay tiempo para conversar y ver. Mirar lo que ocurre con los
demás, cómo están vestidos, como caminan, quién
se sale de la norma, del tono medio.
Este
es el Santiago que abandona Vicente Huidobro, que pinta Camilo Mori
y que recibe a Pablo Neruda que llega desde el Sur. Los estudiantes
se disfrazan en sus "fiestas de la primavera". Conatos de
revoluciones y cuartelazos se suceden en un período que destibuja
la ya centenaria tradición republicana del país.
Son los atisbos de una nueva era, que junto con grandes avances tecnológicos,
trae crisis y guerras, sumiendo a la ciudad capital en una vorágine
modernista de la que no volverá a salir.
|