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Javier
Godoy |
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Hay fotografías que se escuchan, otras que simplemente se miran (otras que se cree haber soñado). Las de Javier se escuchan y se recuerdan, quedan como sutiles heridas abiertas, en algún cajón de la memoria, muy cerca del que guarda la mejor poesía. Haber ganado los más importantes premios de los últimos años (ver curriculum), haber pasado por importantes medios de comunicación, hacer clases en el mismo instituto donde se graduó, no es sino parte del mismo plan que en la vida de Godoy, a veces a los saltos, se ha producido. Los fotógrafos que registamos el período de los ochenta en Chile y que llenamos los huecos docentes de decenas de institutos y universidades privadas, recordamos a algunos alumnos, pienso en Matías Recart que trabaja en Centroamérica, a Pablo Jeffs que también se dedica a la docencia, a Maglio Pérez, y a otros que deberían llenar otra página. De entre ellos, Javier Godoy, quien además es hijo de fotógrafo, es uno de los que siempre me impresionó por la agudeza de su mirada y la impecable técnica que desde temprano aprendió. Estas fotografías tomadas entre 1993 y 1997 son una selección de dsitintas series: Río de Janeiro, el parque O´Higgins, el buque-escuela Esmeralda, el Servicio Militar, la barra brava "Los de abajo", el Club Hípico, |
La Palmilla,donde se celebra durante una semana la fiesta de la Independencia, cerca de Coquimbo, y Santiago, tema inevitable para los que vivimos en este brumoso valle. La visión del granangular es la que mejor se adecua a la visión humana biocular y Godoy lo sabe, es por esto que sus imágenes nos resultan tan involucrantes y comprometedoras. La composición de estas fotos a veces son de un dramatismo enorme, como las de la barra brava . También no falta el humor como la de los policías motoristas y el perro , o la parodia de un Disneworld tercermundista. También Javier presenta su visión melancólica de la ciudad donde se amó y a veces preguntamos por un dios que nos explicara el porqué de todo esto. La fotografía es la más rara de las artes, porque en general, salvo escepciones, no pretende serlo y su "realismo" resulta chocante para la conciencia estética basada en la pintura. De aquí resulta que cierta fotografía pictorialista es la más aceptada por museos y galerías, pero la que más duele (o goza) en la retina, la inaceptable, es ésta, la que no claudica, la irredenta, la que desde el epicentro de la realidad visual, se vuelve la más subjetiva y abstracta. Como la poesía de César Vallejo o la música de John Coltrane, tan isoportablemente presentes. |