|
Por
Adriana Valdes
Hablar mucho
de la identidad puede ser peligroso. Es un tema "qui meurt de se
connaitre et vit de se chercher", en frase de una tragedia francesa.
(La traducción no tiene el mismo atractivo, porque le falta el ritmo:
"muere de conocerse, vive de buscarse"). Nada puede ser más opresivo
que definir, de una vez y para siempre, la "identidad" de una persona
o de una cultura. Las formulaciones sobre identidad son sofocantes;
apenas llegamos a una tenemos necesidad de escapar.
II
Escribir de la identidad sólo en fragmentos. Para evitar las totalizaciones,
las apropiaciones, los intentos de coparse un horizonte cualquiera.
Para dejar mucho aire entre las cosas que se dicen.
III
Tal vez hay una imposibilidad de saber lo que somos. Sólo podemos
saber lo que hemos sido. Las cosas sólo se entienden después.
IV
Hablar de la identidad, entonces, puede ser hablar de lo que estamos
siendo sin saberlo. Es un discurso condenado al fracaso.
V
Puede que la pregunta sobre la identidad se conteste sólo en la
esfera del mito, entendiendo por mito una narración que afirma ser
verdad con miras a producir determinados efectos. Quien afirma algo
sobre lo que somos puede tener uno de dos propósitos, aunque sean
inconscientes: transformarnos en lo que dice que ya somos, es decir,
un propósito utópico; o apartarnos de lo que dice que somos, es
decir, un propósito revulsivo.
VI
Ser chileno. Qué será. Sobre ser argentino, Borges dijo: "O ser
argentino es una fatalidad, y en ese caso lo seremos de cualquier
modo, o ser argentino es una máscara" (1). Se aplica a cualquier
nacionalidad, me parece. Y a esa curiosa transnacionalidad de ser
"latinoamericano", especialmente cuando es vista desde el hemisferio
norte.
VI
I
Las identidades latinoamericanas tradicionalmente se estructuraron
sobre un eje bipolar de fatalidad: lo bueno/ lo malo; lo fuerte/
lo débil; el hombre/ la mujer; el conquistador/ el conquistado;
el español/ el indígena... Tan fuerte ese eje, que hasta las argumentaciones
de Felipe Huamán Poma al rey Felipe II lo suponían, sólo que -mestizo
- quería adaptarlo, y poner lo bueno, lo fuerte, en el campo de
juego de los indígenas.
V I I I
Fatalidad o máscara. La tentación de decir que hoy ya no es fatal
el tema de la identidad; que es en cambio un tema más carnavalesco.
De la bipolaridad a la multipolaridad. La embriaguez de moverse
a voluntad entre varios mundos; ser distinto en cada uno de ellos;
la felicidad de hablar de identidades coyunturales. Aprovechar la
experiencia del mestizo, o la del cimarrón del Caribe.
IX
José María Arguedas hablaba del "demonio feliz", capaz de moverse
bien, al mismo tiempo, en al menos dos culturas, la del español
y la del quechua. Su formulación es muy atractiva, na lo es tanto
su suerte. El suicidio de Arguedas hace preguntar cuánto queda de
fatalidad tras la máscara. Pregunta ominosa y pendiente.
X
Enrique Lihn opuso una vez la cultura del uniforme a la cultura
del disfraz. Durante la dictadura la oposición era clarísima. Hoy,
en otro contexto, sirve también para pensar la identidad. El uniforme
es un disfraz persistente. El disfraz tal vez un uniforme efímero.
Uno nos identifica de una vez para siempre, y además nos hace parte
de un grupo, el de los que llevan el mismo uniforme; nos impone
reglas de conducta, y nos dota de un repertorio de enemigos. El
otro es una identidad precaria, desechable, liberadora, que afloja
la presión de ser siempre, de una vez por todas, los mismos. Una
identidad hecha para ser desbaratada por la risa.
XI
Pensar cuánto de fatalidad hay en una máscara. Tal vez las identidades
se siguen haciendo por oposición, tal vez son más fatales que juguetonas.
Tal vez. A lo mejor las identidades se construyen en función del
deseo de otro; tal vez se construyen para lo que uno imagina es
la mirada del otro. Hay teorías que dicen eso. Y entonces estaríamos
metidos en un tamaño juego de fantasmas; armándonos, sin querer,
una identidad para consumo ajeno. Que lo digan las parejas. Que
lo digan los países latinoamericanos, frente a la enorme mirada
del otro, que desde el norte, los transforma persistentemente en
exóticos, o en "buenos salvajes", o en "emergentes", o quizás en
qué. O en personajes de Isabel Allende.
X
I I
Hablar de la identidad nacional en un momento en que aparece tironeada
desde fuera y desde dentro. Desde fuera, por la globalización, la
transnacionalización, eso que hace que todos los lugares se vayan
pareciendo de a poco a Miami, y que las ilusiones se puedan construir
sin referencia al lugar donde se está. No hay fronteras en el mundo
virtual. Desde dentro, por los particularismos; por la fragmentación
surgida de la revalorización de vinculos grupales, étnicos, religiosos,
linguísticos, antes reprimidos o silenciados por la identidad nacional.
Los sustratos culturales se autonomizan, reaparecen, se transforman
en elementos de la política (del país y del mundo). Surgen las fronteras
internas. Y la identidad nacional tambaléa.
X
I I I
Quién podría creer ya en la identidad esencial de un país. Quién
podría ir hacia el pasado en busca de esa identidad pristina y virgen.
Quién podría -cual mítico San Jorge- salir a defender su pureza.
Quién podría emprender operaciones de salvataje. Por qué son tan
melancólicas, además de irónicas, las preguntas que se acaban de
hacer.
X
I V
Quizás la identidad no sea otra cosa que la producción incesante
de lo híbrido, como dice Homi Babha. Lo híbrido. El injerto. La
impureza. "Contamíname", pide una canción de Ana Belén. 500 años
de experiencia de mestizaje, eso sí tenemos, ese sí puede ser un
rasgo de identidad latinoamericana. Cada país a su manera, produciendo
hibridez a partir de oleadas diferentes de pueblos, de culturas,
de costumbres, de influencias, de encontradas pasiones. Produciéndola
a lo largo de la historia con gestos diferentes, que hoy tienden
a igualarse, a la luz de los relatos uniformantes y omnipresentes
de los medios de comunicación.
XV
Me pregunto dónde estaría nuestra más sofisticada reflexión sobre
la identidad si no hubiera estado de moda el tema de la "diferencia"
entre los teóricos académicos norteamericanos.
XVI
Me temo que se defiende la identidad como si fuera una especie en
peligro. Es decir, comenzamos a protegerla y a reproducirla artificial
y controladamente, una vez que la hemos llevado casi hasta la extinción.
Con ello hacemos también un gesto muy norteamericano.
XV
I I
Ser a la vez destructores y salvadores de identidades prístinas
y vírgenes. Ser a la vez el dragón y San Jorge. Vaya papel imposible
y ridículo.
(1)
En "El escritor argentino y la tradición", Discusión (1932)
|