Por
Martín
Hopenhayn
La
globalización nos plantea serios problemas de conciliación; agudiza
lo que Alain Touraine señala como gran problema y desafío de la modernidad
hoy, a saber, la tensión entre subjetividad y racionalización.
Esta
tensión tiene muchas facetas.
En la política, tensión entre la estandarización de los fórmulas
de inserción global (ajuste, dolarización, reducción del Estado
social, privatización, y reconversión productiva en el mejor de
los casos) y la esperanza nunca resignada de idear proyectos propios
de futuro para la sociedad nacional.
En la economía, la tensión entre una racionalización competitiva
cada vez mayor_ para acceder con ventajas en el concierto global,
y la necesidad de una solidaridad extendida que contrapese los efectos
concentrados de la apertura externa y del mercado.
En
la organización de la vida personal, la paradoja entre una exposición
creciente a mensajes de los otros y la búsqueda de espacios de autonomía
y expresión propios.
En
el acceso al conocimiento, la tensión entre la selectividad funcional
y la aspiración a la creatividad.
En
el intercambio "massmediático", cada vez más diferenciación de oferta,
pero también cada vez más "obesidad" por sobrepoblamiento de mensajes.
Todo se expresa con la marca de la doble cara. En la era de la globalización
la historia pide, más que nunca, conjugar los deseos subjetivos
y los imperativos de la racionalización.
En
estas tensiones se inscriben también dos elementos claves de articulación
entre política y cultura, y también son susceptibles de recreación:
la desmotivación política y la ciudadanía segmentada.
La desmotivación política posee una dimensión "epocal" y otra más
contingencial.
La primera tiene relación con el colapso de los proyectos socialistas
y, con ello, del mito del Gran Cambio Social. Este colapso produce
una cierta orfandad existencial, en la medida que impide la plena
identificación del individuo con la colectividad, del sujeto con
el movimiento de la historia, del joven con un ideal encarnado.
El mentado fin de las ideologías lo es, en este sentido: como ausencia
de perspectiva de "redención" personal en un movimiento revolucionario,
o ausencia de "contextualización" del proyecto personal en un proyecto
nacional. Esto es especialmente crítico para la juventud popular
urbana, por las siguientes razones. Primero, porque es la juventud
la fase etaria en que se definen proyectos y se agudiza la pregunta
por el sentido vital y el horizonte temporal de la vida personal;
segundo, porque es la juventud popular la que percibe menores alternativas
de desarrollo individual frente a sus contemporáneos y, por lo tanto,
más requiere de proyección simbólica; tercero, porque en el mundo
urbano (en contraste con el rural) son más débiles los lazos "pre-modernos",
menos nítidos los valores de referencia y los mecanismos de pertenencia.
De esta manera, la actual política no da respuesta ni relevo al
"hueco vital" que dejó la pérdida de proyectos anteriores que, mal
que mal, gozaban de mayor fuerza movilizadora, de identificación,
de "fusión", de promoesas de protagonismo heroico etc. El sesgo
pragmático, administrativo y muy statu quo que la juventud popular
le atribuye al actual modelo y a la forma vigente de hacer política,
refuerza este desencantamiento.
La desmovilización política también tiene su dimensión contingencial.
Recuérdese que el retorno a la democracia, sobre todo en países
donde las dictaduras fueron acompañadas de crisis económicas y concentración
del ingreso, se asoció no sólo a la libertad politica, sino también
a una vaga idea de mayor justicia social, desmentida Iuego por la
persistencia de una mala distribución del ingreso. La percepción
que pueden tener los jóvenes populares de que sigue siendo un grupo
social el que se enriquece, y que lo hace de modo cada vez más intenso,
no deja ileso el juicio sobre la politica. Mal que mal, la política
aparece hoy como funcional a este patrón de acceso tan segmentado
a los beneficios del modelo. Es probable que.para muchos que no
acceden a nuevos beneficios (o que lo hacen a un ritmo muy inferior),
el discurso político se parece cada vez más al discurso empresarial:
conquistador de mercados, renovador de su estructura productiva,
dotado de un nuevo espíritu emprendedor.
La ciudadanía segmentada es otro fenómeno disruptivo en la articulación
entre cultura y política. Esto tiene distintos aspectos.
En primer lugar, las limitaciones del "concertacionismo" cuando
se trata de incorporar a una mesa de diálogo público a los sectores
que no "agregan" sus demandas. Si la institucionalización de la
democracia tiende hoy a girar, semántica y valóricamente, en torno
a la idea de una concertación ampliada, esto contrasta con la falta
de presencia pública y de acceso a decisiones de una parte importante
de la población. Ni la descentralización ni las invocaciones parlamentarias
han podido paliar este problema. Para muchos, los alcances de las
democracias vigentes resultan inciertos cuando se trata de incorporar
las demandas de los excluidos a la negociación. La triple condición
de marginalidad económica, territorial y politica de los excluidos,
los condena a permanecer dispersos y atomizados.
En
segundo lugar, debe tomarse en cuenta que la ciudadanfa está en
pleno proceso de redefinición en sociedades de "información", de
"gestión" y de "informatización". No es ya sólo cuestión de disponer
de derechos políticos, sino también de participar, en condiciones
de mayor equidad, en el intercambio comunicativo, en el consumo
cultural, en el manejo de la información y en el acceso a los espacios
públicos. Un "ciudadano" en una sociedad de la información y de
la gestión, es aquél que dispone de conocimientos y de bienes necesarios
para participar como actor en los flujos de información y en procesos
de gestión.
En este nuevo campo de ejercicio de la ciudadanía, el protagonismo
está segmentado según la disposición de destrezas (conocimientos
y técnicas) y de bienes y servicios (acceso a redes, flujos, proyectos
"competitivos", etc). Una vez más, los jóvenes de bajos ingresos
se encuentran allí en una posición de claro rezago relativo. Su
"producción de subjetividad" no encuentra correlato en los circuitos
en que se produce información, se consagran los mensajes, se atienden
las propuestas.
¿Qué
horizonte de integración entre países de la región plantearse en
este ámbito?
Una iniciativa,entre muchas posibles,es incorporaren políticas de
cooperación regional la difusión de tecnologías que permitan mayor
presencia y visibilidad pública a actores que, por su condición
marginal o subalterna, se ven privados de interlocución en el intercambio
societal de mensajes, demandas y reivindicaciones.Esto puede materializarse
en proyectos de cooperación regional cuyo objeto sea, por ejemplo,
la instalación de estaciones radiales comunitarias, y de páginas
de Internet para grupos de jóvenes que padecen distintas formas
de exclusión o para movimientos sociales que no logran expresarse
más allá de sus acotados territorios.
(continúa...)
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