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por
Cristián Antoine
"El
porcentaje mayor del discurso académico y del discurso político,
ha girado alrededor del tema "integración sí",
"integración no", de los aspectos "institucionales
de la integración", o de las "críticas"
sobre la forma u orientación que llevaba hasta el momento
la integración; pero en ningún caso se habló
de la "integración para qué" o "integración
para quién" que, a nuestro criterio, es el punto de
partida y el eje alrededor del cuál debe girar todo el proceso
integrativo.
En definitiva, la integración se ha tomado como un "objetivo
en sí mismo" y no como un instrumento para el logro
de los verdaderos objetivos de los Estados de la región;
esto es, la autonomía de desempeño, la búsqueda
de mecanismos que permitan a la región salir de su estado
de dependencia; la realización de proyectos conjuntos, la
coordinación de políticas; etc..
Al decir esto último, nos adelantamos a contestar el "para
qué" de la integración. Resulta evidente que
los Estados de la región carecen de la suficiente viabilidad
individual, como para afrontar ciertas tareas u objetivos, y al
actuar en forma fragmentada en los procesos de negociación
con terceros Estados o en Organizaciones Internacionales, ven debilitadas
sus posibilidades de alcanzar sus objetivos, quedando siempre sujetos
a las decisiones adoptadas por los más poderosos.
Cuando
hablamos de integración, siempre la vemos como un proceso
institucionalizado, sin advertir que la comunidad internacional
como un todo, o los distintos bloques -el Oriental o el Occidental-
mientras existió el sistema bipolar, fueron sistemas integrados.
La división internacional del trabajo o de la economía
es una forma integrada -en forma vertical y coercitiva- de establecer
decisiones y tareas distintas a cada uno de sus miembros, acorde
con sus recursos y capacidades tecnológicas y de poder, y
está estructurada alrededor de una serie de reglas claramente
definidas, no establecidas, desde ya, por los países carentes
de poder de decisión. A modo de ejemplo, los Acuerdos de
Bretton Woods -y su resultante, el FMI (Fondo Monetario Internacional)
y el BM (Banco Mundial)-, el GATT, hoy la OMC (Organización
Mundial de Comercio), el Club de París, las UNCTAD (Conferencia
de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), son los instrumentos
que han estructurado o estructuran la forma en que se dan las relaciones
entre sus miembros, y también se encargan de sancionar a
quienes no cumplen sus decisiones.
Resulta obvio que este sistema de integración es desigual,
y que dentro del mismo es necesario establecer otros sistemas de
integración no "verticalistas" en sus decisiones,
para poder sumar capacidad negociadora y modificar de esta manera,
reglas del juego que resultan desfavorables a los países
de la región. Esto nos lleva a la segunda pregunta: el "para
quién" es la integración, vista como proceso
de autonomización. Si vemos a la integración como
un objetivo en sí mismo, como un mero proceso desarrollista
y comercialista, pero dentro de las mismas pautas establecidas por
la división internacional de la economía, es probable
que aumentemos el intercambio comercial intrarregional, pero también
estamos ampliando el mercado para aquellos que "controlan"
a la región, sea en forma directa, o a través de subsidiarias
de empresas multinacionales o transnacionales o de la banca privada
transnacionalizada que opera en la región.
Un
sistema de integración como el vigente en América
Latina, en el que las pautas y mecanismos establecidos están
insertos dentro del esquema de la división internacional
del trabajo y la economía (con excepción del caso
del Pacto Andino, en sus orígenes, aunque actualmente está
prácticamente desarticulado), continúa manteniendo
a la región en una relación de dependencia en vez
de contribuir a la autonomía" (1)
Para
que exista un proyecto regional, es indispensable que cada país,
previamente, sepa qué es lo que quiere; esto significa que
tenga un proyecto nacional -explícito o implícito-,
claro y coherente y, por sobre todas las cosas, que no esté
sometido a los abatares -típicos en América Latina-
del péndulo político gobiernos militares-gobiernos
civiles, o de gobiernos civiles que producen autogolpes, o de situaciones
de permanente inestabilidad institucional; o de discontinuidad de
políticas gobierno tras gobierno. Hace muchos años,
dice Jesús Martín Barbero en un documento reciente,
"que los medios masivos vienen integrando un imaginario latinoamericano.
Especialmente el cine con sus ídolos y la radio con la música
-el tango, la ranchera, el bolero y últimamente la salsa-
han hecho que los latinoamericanos se sientan juntos. Pero los medios,
las industrias culturales de la radio, el cine y la televisión
trabajan hoy al interior de una situación cada día
más paradójica: la que hace que la integración
de los países latinoamericanos pase hoy ineludiblemente por
su integración a una economía... y como en ningún
otro terreno es en el de la comunicación donde se hace visible
lo que la integración latinoamericana tiene hoy de necesidad
ineludible y de contradicción difícilmente superable".
(2) continúa
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