I
/ La Huella de la materia
La
palabra grabado, proviene del neerlandés "graven", su
acepción
señala la práctica de abrir y labrar un hueco -hacer incisiones-
o en
relieve sobre una superficie de piedra, madera, metal, etc. para elaborar
una imagen. En otras palabras "Grabar" es dibujar haciendo incisiones,
con
la asistencia de herramientas preparadas para tal efecto, o bien con el
trabajo de sustancias químicas -las que usadas controladamente-
van dando
curso a la imagen pensada por el artista y que finalmente se visualiza
por
medio del entintado de ésta. Gracias a este trabajo incisivo sobre
una
determinda superficie se puede obtener una imagen original-multiejemplar,
de ahí entonces que en esta técnica repose el origen de
la imprenta moderna
y por ende la multiplicación del saber a través de los textos.
Mario
Toral llega en 1958 a la "ciudad luz", con la ilusión
de todo
joven pintor de confrontar sus sueños a la realidad del medio.
Pero además
de encontrar nuevos desafíos que permitan expresar sus ideas plásticas.
El
estudio de las técnicas del grabado con Henry Adams en la Escuela
de Bellas
Artes de París, permite al artista ingresar al mundo de las artes
gráficas. Siendo sus investigaciones en las técnicas del
grabado en metal,
el medio propicio para grabar sus "Totems".
La
serie "Totems" son el resultado que documentan fielmente el
relato de la memoria frente a un paisaje distante llamado "América".
Con
toda esa extensión territorial que sólo la imagen y el concepto
"Totem",
puede marcar y por ende señalar su presencia en esa inmensa extensión
de
tierra. De ahí que cuando pensemos en la idea del totem, lo totémico
aflore
como algo subyacente en ello. Los " Totems" , no son otra cosa
que
extensas formas orgánicas las que emplazadas en la superficie del
papel,
interrogan al espectador por las nociones de cuerpo y sustancia, pero
también de forma y figura, incluso algunos de ellos llegan a convertirse
en
marcas de fuego sobre el inmaculado territorio que lo soporta, apelando
a
ese carácter telúrico del que está embebido M. Toral.
A ese respecto es el
propio artista el que se atreve a verbalizar algunos aspectos de esta
serie
de obras, en donde la idea encerrada en la expresión : "piedra
inmensa"
nos enfrenta una vez más al extenso paisaje americano, que lentamente
se va
depositando en la memoria del artista como un todo orgánico, complejo
y
múltiple por naturaleza. Por otra parte es en esta serie de trabajos
donde
surje la colaboración de M. Toral con el poeta Pablo Neruda, para
ilustrar
la obra "Alturas de Machu Pichu", desde donde emergen los "Totems"
como
verdaderos ecos del ritmo sincopado en que imagen y texto van estructurando
la lectura del espectador, sabiamente delimitada a modo de cantos.
II
/ El rostro Inesperado
A
partir de mediados de la década de los sesenta el artista retorna
a Santiago de Chile, en donde comienza su extensa serie de pinturas y
obras
sobre papel, titulada "Torres de Babel", y aflora uno de los
rasgos más
característicos del artista : Los rostros encerrados y espacios
vaporosos,
únicamente constituídos estos últimos por la certera
línea que divide el
blanco del soporte.
En
este periódo de trabajo del artista, la derivación de planos
geométricos
y formas orgánicas toma cuerpo a través de la visualización
de una figura
humana, en donde el rostro es el último vestigio de humanidad,
la que está
sometida a planimetrías ortogonales desde donde pareciera encontrarse
en un
encierro y soledad infinita. De hecho muchos de estos rostros -en
muchedumbre o solitariamente en la composición- habitan desoladas
arquitecturas las que -a modo de nichos- parecieran enmarcar, estratificar
y quizás aislar, las posibles emanaciones de sentimiento hacia
estos mundos
imaginarios y tremendamente pétreos.
El
poeta Pablo Neruda ha visualizado a estos rostros, como los
rostros femeninos que desde el encierro y la altura apelan a una suerte
de
universal. Por su parte el crítico Antonio Romera, se refiere a
estas obras
como: "cabezas multiplicadas, repetidas sin riesgo de monotonía"
,
coincidiendo ambos en la transfiguración que el artista hace tanto
de la
materia pictórica como de la idea de retrato en cuestión.
Situación esta
última lleva a M. Toral a incursionar en una serie de obras visualizadas
como "Retablos" en donde la imagen va acompañada de texto.
Articulada su
lectura a partir del objetualismo de un marco-nicho, que encierra,
distribuye y configura la noción de lectura y tema.
III
/ El sueño, la pintura, el mañana...
Durante
los años sesenta M. Toral emprende viaje a la ciudad de
Nueva York en los Estados Unidos de Norteamérica, epicentro cultural
de las
artes visuales desde fines de los años cuarenta, esta ciudad fue
el espacio
ideal para que el artista comenzara a imaginar su serie de obras titulada
"El Mundo del Mañana". La mayoría de estas obras
son monumentales
arquitecturas transparentes - constituídas por módulos y
planos
rectangulares- donde sólo es posible distinguir los límites
de esos
espacios, por medio de las finas líneas acuareladas que establecen
el borde
del volumen y por ende un término en estos ámbitos diáfanos
y atemporales.
La asepcia que emana de estas obras se ve lévemente interrumpida
por
rostros o fragmentos de cuerpos femeninos -los que sin habitar el espacio-
de alguna extraña manera al estar contenidos en estas "cápsulas
del
tiempo", develan un sentimiento de fragilidad y vulnerabilidad ante
el
espectador. Esta idea pareciera acentuarse por medio de la reiteración
y/o
fragmentación de los cuerpos, ante lo cual podríamos aseverar
que en este
"Mundo del Mañana" está contenido un posible estado
anímico del artista
frente a la deshumanización de la vida moderna y a las implicancias
de este
hecho respecto al espíritu mesiánico contenido en la idea
del progreso.
"Mujeres
y Piedras" además de "Rostros" , son las series
de obras
que se entre cruzan a el "Mundo del mañana" , siendo
concentrados en la
ilustración de los "Veinte poemas de amor" -una de las
obras cumbres de
Pablo Neruda- y quizás una de las más bellas colaboraciones
entre un
artista y un poeta. Debido a que parece inseparable leer los versos de
Neruda y no dejar de pensar en esos "fragmentos de miradas femeninas"
elaboradas por Toral, donde la sutileza del trazo acuarelado -unido al
fino
caligrama que estructura la composición- dan una nueva visión
de lo que
podríamos llamar "belleza corpórea", en el clásico
sentido estético de
hacerla tangible y visible ante nuestros ojos.
IV
/ " Espacios e Identidades"
Entre
Nueva York y Andalucía -como una manera de reencontrarse con
sus raíces paternas- el artista da extensión a su búsqueda
interior por
medio de la serie "Prisioneras de Piedra", uno de los más
intensos periódos
del pintor y el que más ha reinventado cada cierto tiempo; esta
serie
iniciada en 1974 en Nueva York y continuada en España ( Nerja,
Andalucía)
nos enfrenta a un tipo de obra en donde el espacio del spoporte se
convierte en un "lugar infinito y atemporal" donde parecieran
habitar una
serie de cuerpos femeninos desnudos o envueltos en velos, los que
parecieran estar prisioneros de este espacio por el estiramiento de sus
siluetas, generando una sutil tensión entre cuerpo y espacio.
Hablar
de "prisioneras" cuando estas parecieran estar presentes a
modo de cuerpos desnudos o vestidos, y "piedras" las que en
aparente
ausencia se revelan ante nuestros ojos por medio del telurismo que emerge
de la tensión cuerpo y espacio; Es de alguna manera entrar a interrogarnos
por la metáfora a la que el artista apela con el título
de la serie
-"Prisioneras de Piedra"- prisioneras de una ausencia matérica
y corpórea.
Cuerpos a punto de pasar de un estado a otro, en donde la referencia
pétrea se nos vuelve un signo de identidad frente a estos seres
fantásticos
que transfigurados pueden volverse etéreos, libres e inmortales.
Pero
estas "Anatomías inventadas" pertenecen a la serie "Gente
en Lucha", que
por esos años tiene al artista imbuido en las múltiples
posibilidades que
la corporeidad humana puede dar, para testimoniar su condición.
Una vez más
violentada por una urbe agresiva y poco generosa. De hecho por esos años
en
la "Gran manzana" como suele llamársele al corazón
de Nueva York
-Manhattan- se desatan los más violentos desórdenes raciales
y en
determinado momento producto de un apagón eléctrico, la
ciudad misma se
volvió un hinóspito refugio para el ser humano. Curiosamente
los seres de
Toral por esos años parecieran dar cuenta de tales problemáticas,
debido a
que gan parte de las obras son descripciones de seres alargados y
tensionados por fuerzas externas al soporte que se mantienen en actitud
agresiva frente a sus congéneres, dando mucho dinamismo y una sensación
de
caos a cada una de las composiciones propuestas.
A
través de este ser humano violentado y violento producto del
entorno en que vive, el artista pretende arrojar un llamado de atención
y
proponer una advertencia para tomar conciencia de esta realidad, inmediata,
apremiante y tremendamente propia de nuestra era. Todo lo cual nos remite
a la idea de este "Rostro Múltiple" en que cada una de
las obras de Mario
Toral se va convirtiendo con el paso de los años y de las vivencias
y
viajes que el propio artista va padeciendo como un ser sensible ante estos
penosos hechos de nuestra condición humana.
La
máscara ha sido definida por la mayoría de los diccionarios
de
la siguiente manera: "Figura hecha de cartón u otra materia,
con que una
persona se cubre el rostro para no ser conocida". Es muy probable
que
cuando Mario Toral tituló a esta serie de obras realizadas en Nueva
York a
principios de los ochenta y que luego continuó con sus "Cuerpos
y Máscaras"
en ese mismo decenio el nombre para tal serie de obras surgió como
un
complemento necesario a "Gente en Lucha y Prisioneras de Piedra",
en donde
ya el artista muestra una especial preocupación por esta naturaleza
humana
tan dada a autodestruirse y vulnerarse desde lo más profundo de
su origen.
La
mayoría de estos trabajos apelan a una mirada perdida en el espacio
cuadro, que va rápidamente hallando -producto de su insaciable
apetito
devorador- esta suerte de cabezas humanas primitivas flotando en diversos
estratos de color, como si se tratase de un verdadero puzzle visual, en
donde forma e imagen azarosamente desafiaran la mirada del más
audaz ojo
escudriñador .
Mario
Toral al enfrentar tiempo después su serie "Cuerpos y
Máscaras" pareciera iniciar una tarea reconstructiva del ser
, al
proponernos una mirada totalizante de éste, en donde el ideal geométrico
-a
través de su planimetría compositiva- comienza a configurar
una verdadera
arquitectura en donde algunos de estos seres habitan y de algún
modo esa
atemporalidad del espacio infinito es ahora medida por medio de estas
construcciones.
V
/ "El Hombre arquetipo de una geometría"
Las
investigaciones plásticas de Mario Toral durante la medianía
de
los años ochenta -tanto en su taller de Nueva York como en Santiago
de
Chile- y hasta prácticamente entrada la década del noventa
parecieran
centrar su punto de origen en la figura paradigmática del "Torso".
Este
fragmento corporal pareciera encarar por una parte toda la fuerza y belleza
telúrica de un origen americano pero además, todo el misterio
que encierra
su monumentalidad compacta en medio de un espacio aéreo y difuminado,
donde
a ratos alguna forma primigénia pareciera interceptar tal solennidad
totémica.
En
su mayoría los "Torsos" del periódo 1985-1989,
han sido
elaborados en medios gráficos y/o pictóricos, adquiriendo
una particular
sincronía estas construcciones plásticas por medio de las
contradicciones
ideadas por el artista. Constantemente sometida a estos aparentes
entredichos cromáticos -un Torso verde por ejemplo- o a una apasionada
lucha de la materia que compone el espacio cuadro. A ese respecto podríamos
señalar que el espacio atmosférico en donde habitan estas
masas de cuerpo,
son aparentemente elementos naturales -agua, fuego, aire, tierra- que
convierten a la pintura en un fértil territorio de geologías
desconocidas
donde la imagen del "Torso", ordena, marca y compone este aparente
caos.
A finales
de los ochenta y en la primera mitad de la década
noventa, los torsos paulatinamente van dando paso a los cuerpos, los que
a
veces etéreos o pétreos surcan estas ambientaciones en donde
son
interpelados por signos primitivos tales como : caracolas, piedras y
figuras geométricas. Este aparente enfrentamiento entre la razón
-encarnada
por los signos- y la intuición -visualizada a través del
cuerpo- no es otra
cosa que la extensión actual del medio que rodea al Hombre de nuestro
tiempo y en donde nuestra mirada extraviada por la saturación de
la
información no puede elaborar un diálogo coherente con el
otro. Podríamos
señalar que la inclusión de signos elementales en algunas
composiciones no
sólo orientan nuestra mirada -a modo de sentencias compositivas-
en la
lectura de la obra, sino que además sintetizan el mar de información
del
medio exterior al interior del espacio cuadro.
Un
aspecto no tratado en esta serie de pinturas y dibujos, es que
para acentuar el carácter de perpetuidad muchos de estos seres
-a ratos
delineadas sombras texturadas- es que están aparentemente atrapados
por
antiguas columnas pertenecientes a la era clásica, sin ser romanas
ni mucho
menos griegas, las verticales o diagonales series de columnas que
atraviesan la composición parecieran retener a la sombra que se
desplaza
frágilmente por ese espacio atemporal.
La
indagación en el misticismo que emana de las arquitecturas y
signos clásicos parecieran ser los elementos recurrentes en el
Mario Toral
de los noventa. De hecho en su serie de dibujos del año 1997, nuevamente
se
vuelve recurrente el uso de las series de columnas y los signos gráficos
o
geométricos para retratar a estos "Seres en Conflicto".
Trabajos en los que
claramente vemos la condición humana enfrentada al ciclo "Vida
y Muerte",
pero con una reminiscencia de la planimetría geométrica
usada años atrás,
la que ahora actuando como trama compositiva es superpuesta a una red
orgánica de elementos que permite distinguir a los cuerpos que
yacen sobre
y/o entre las columnas y signos elementales.
Se
podría decir que estos dibujos son la antesala más reciente
del "Rostro Múltiple" que el artista ha estado trabajando
en estas cuatro
décadas de pintura, pero además son el contrapunto necesario
de estos
últimos cinco años en donde ha realizado junto a su equipo
de trabajo el
mural "Memoria Visual de una Nación" -emplazado en la
estación del
ferrocarril subterráneo Universidad de Chile- y que nuevamente
nos enfrenta
al misterio que encierra su pintura, como posibilidad expresiva de un
ser
sensible no sólo a su tiempo, sino que además, a los hechos
de su historia
con la asistencia de la razón e intuición, pero especialmente
con ese apego
a la creación plástica que no ha seguido modas o tendencias
pasajeras y que
se ha decantado en esta narración onírico/geométrica,
marcada por las mil
caras del retrato.
Carlos
Navarrete *
Santiago de Chile, Junio 1999.
*
Carlos Navarrete es un artista plástico y colaborador independiente
en
varias publicaciones de arte. Desde 1990 divide su tiempo entre Santiago
de
Chile y Sao Paulo Brasil, en donde reside y trabaja.
Arriba
|