Las
pinturas de Germán Arestizábal han sido, desde su
nacimiento, explicaciones de la vida, arco triunfal de las dichas
y desdichas de quienes pasan por el mundo. Ver sus cuadros es
evitar empobrecer nuestros sentidos. El quiere decirnos, en sus
mejores momentos, o sea en todos los que le procuran la mayor
felicidad que él busca afanosamente, que es preciso cumplir
con la nostalgia y poner al día los recuerdos.
He
pensado largamente en sus gordas hipopotámicas, en los
tangos que son visiones de tiempo que se empeña en no desaparecer,
en los trozos de niñez que se deslizan por ahí como
si fueran su firma. Habla en voz baja, a cada uno de los nosotros
que somos v nos orienta en todos los momentos sustanciales en
los que la memoria se hace estética.
La
sustancia se vuelve religiosa , es decir, se vincula con el mundo.
La vieja bocina de la vitrola y Jorge Negrete; la écuyere
y las patas traseras del caballo que rematan en zapatos de taco
alto; Gardel, las bellas del cine, los boxeadores, lo atigrado,
son pequeños mundos que se desplazan para encontrar el
nuevo sitio, su estar -en- el mundo, conferido por los desprendimientos
de aquella distancia que no yuxtapone marginalidad o convención
social a mitologías esplendorosas, sino que saluda al hombre
en un inolvidable montaje, corriente alterna que no ensimisma
al mundo, postergándolo en la extrañeza, sino que
nos electriza a todos los contempladores en una liturgia memorable,
la que Arestizábal nos ofrece, «inolvidable»,
como reza el bolero que se va en el tiempo.
Nunca
confunde la pintura de verdad con la intención de pintar
la pintura sobre la pintura. En sus días tristes es capaz
de evitar que la desilusión o el tedio recubran con preeminencia
el ojo que funda una realidad, descompone una figura, matiza los
colores o inventa el juego.
Germán
pinta a fondo su conciencia, pero no se da tiempo para ocultar
el fervor, sus deseos y glorias tristes o alegres, la amistad,
la vida.
Alfonso Calderón