Ampuero, o el meridiano interrogado.
Los interrogados.
Ampuero retoma una tradición figurativa, la del retrato sedente
(el personaje sentado ofrecido a nuestro escrutinio) y la somete a una
tensión nueva. Sus mujeres y hombres sentados, más que posar,
padecen nuestra mirada. Pequeños gestos los delatan. Algunos se
aferran al asiento. Otros crispan las manos en posiciones extrañas.
Varios apretan los labios, los ojos, entrecerrándolos como para
intentar ver a través de la mirilla de la realidad, entre sus junturas.
En la mayoría, sus rostros tensos, doloridos, delatan una íntima
perplejidad. Todos están demasiado serios; como para hacernos intuir
que se les ha hecho alguna clase de pregunta que no tiene respuesta. Y
sospechamos que nuestra propia mirada es esa pregunta.
La soledad redobla el silencio de estos interrogados. Callados y solitarios,
aislados en sus encuadres y en sus mutismos, los personajes rara vez se
presentan acompañados. Apenas se divisan otras vagas presencias
fantasmales como la que acecha al hombre en Antesala (¿Antesala
de qué? ¿Qué le espera al interrogado tras esas puertas
del fondo, mientras él hace gestos ambiguos como si pidiera tiempo
para elaborar una coartada, un: "me creería si Ie digo..."?)
La única excepción a esta soledad del retratado la encontramos
en El Vestíbulo. En esta tela comparece otra figura, ataviada
con un delantal, observando de reojo y con la mano empuñada. ¿,Quién
es? ¿Está interrogando al personaje cabizbajo, de ojos cerrados,
que permanece en la butaca y ya levanta una rodilla como empezando a defenderse?
¿Empleará incluso ese arco y esa vara a su lado, para obtener
una respuesta? ¿Será acaso el pintor que interroga a la
materia, a la imagen, al color, pidiendo respuestas? Sea quién
sea, este hombre allí de pie nos alivia por un momento de seguir
siendo nosotros, acá frente a la tela, los interrogadores. Y en
esa misma medida, nos hace sus cómplices en el procedimiento. Cuando
nosotros nos preguntamos por el significado, él exige una respuesta.
Y así, también nosotros nos merecemos el reproche y el silencio
del interrogado.
Por si fuera poco" también las demarcaciones virtuales del
espacio, el subrayado de los contornos, a veces en negro, los círculos
que giran alrededor de los retratados, acentíían y remarcan
el aislamiento. Al igual que en Bacon y en Giacometti, el trazado de una
"caja" opera como la representación no hipócrita
del encuadre. La puesta en valor de la imagen que a veces presta un marco
de puerta o ventana, y otras simplemente, sinceramente, el fanal simbólico
en el cual las encierra el pintor. Pero también sabemos que estas
demarcaciones son expresión del límite, del borde más
allá del cual ni la imagen ni nosotros podemos pasar.
Aumentado mediante esos recursos, el aislamiento en los cuadros de Ampuero
se hace más intolerable cuando afecta precisamente a los modernos
íconos de la comunicación instantánea. Una antena
satelital, o un micrófono, aparecen mudos, desconectados, en un
espacio "sin eco". En Intervalo, el interrogado permanece en
silencio, en la incomunicación, junto a ese gran plato parabólico
que no le ofrece ayuda alguna y no tiene ningún mensaje para él.
"Y wanted to point the cry, not the horror", dijo Francis
Bacon. Por su parte, Ampuero no pinta el grito, sino el mudo horror de
ignorar la respuesta. Retrata el silencio, la agonía de no saber
lo que quieren saber de nosotros. Y sospechamos que los interrogados de
Ampuero no gritan porque, aun si lo hicieran, no querríamos oirlos.
En el fondo, sentimos, su silencio es la única respuesta posible
a nuestra sordera.
Una luz meridiana.
Y sin embargo, la riqueza de esta pintura no se agota en sus incógnitas
y soledades. Hay algo más. Paradojalmente, estas obras respiran
una natural amabilidad. Una juguetona fantasía. Ampuero no solamente
es lúcido, también es luminoso. Creo que la clave está
en ese meridiano (meridies = mediodía), que
constituye la obsesión central en esta etapa de su trabajo. La
hora cero GMT (Greenwich Mean Time) fue la hora cero de Ampuero. Creció,
estudió y tuvo su primer taller en las inmediaciones del famoso
observatorio ubicado en el parque del mismo nombre, en Londres. Exactamente
por donde pasa el meridiano. Durante años trabajó, aprendió
a mirar y a pintar, donde el tiempo mundial se detiene y comienza de nuevo.
Como el metro de platino iridiado o el péndulo de Foucault, el
Meridiano de Greenwich pertenece a esa gama de "objetos" en
los que se cifró el optimismo cientifista del siglo XIX. Relativizados
por la física del caos y el caos de los átomos, estos talismanes
de una exactitud decrépita, hoy parecen más bien juguetes.
Y los personajes de Ampuero parecen adultos a quienes una rotación
brusca de ese Meridiano ha centrifugado hacia el recuerdo. Los rodean
esos colores cálidos e irreales que asociamos con la infancia.
Y esos objetos anticuados, obsoletos o vagamente científicos, que
son otros tantos asedios del tiempo. Sólo estos hombres y mujeres
han cambiado. Los metros y meridianos de nuestra niñez, en lugar
de asegurarnos hoy nos señalan cuanto tiempo ha pasado.
Esta presencia del arco del Meridiano de Greenwich, con su carga simbólica,
se proyecta a casi toda la muestra actual. EI meridiano se trasunta en
los espacios curvos que constituyen la geometría básica
de sus telas. Paredes curvas como las de Punto Ciego y Antesala,
que rotan tras Ia espalda de los personajes.
Plataformas circulares sobre las que se apoyan sus sillas. Verdaderos
paisajes giratorios, como Ios de las Cámara de Luz I y II,
que evocan la fantasmagoría envolvente del Cinemascope.
En último término, meridianos y paralelos producen un efecto
paradojal: en vez de situar las coordenadas de los personajes, los convierten
en el centro de una incógnita. Los personajes de Ampuero son interrogados
no sólo por nosotros, sino por el mismo espacio en el que habitan,
como una dimensión del tiempo relativo y fugitivo en el que estamos
atrapados todos. La imagen torva y angustiada del retratado en El jardin...,
apresado en su jaula de meridianos, con su muda introspección acaba
trasmitiéndonos la pregunta esencial : ¿,dónde estoy,
a qué lugar del mundo pertenezco, cuál y cuánto es
mi tiempo? En un mundo descrito como una tela de araña de paralelos
y meridianos, de internets y megatrends, donde todns las coordenadas parecen
ya medidas, sólo el espíritu constituye una dimensión
desconocida. El corazón sigue siendo el vértice de todas
las dudas. Sólo el alma carece de un Meridiano de Greenwich.
Carlos Franz, Santiago
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