El
nortino chileno, habitante de la vastedad del desierto y del espectáculo
estelar de sus noches, se ve de pronto sorprendido en medio de un
paisaje extraño, que le es ajeno por naturaleza. Más este
ser, habituado al sol y la sequedad, siente en esta floración, parte
de su propia personalidad.
De
una aparente hosquedad e introversión surge su generosidad y gran
sentido del humor. Rostros de cuero marcados por la historia del salitre
y la minería, se iluminan como el vergel que ahora les entorna,
y ciudan estas flores como señales de la vida nueva y buena que
se merecen.
Cuando
florece el desierto más árido del mundo, en una eclosión
de colores y variedades vegetales y animales, se produce uno de los fenómenos
más
espectaculares
y emocionantes del planeta.
Décadas
enteras de sequedad donde los colores colores, amarillos y tierras son los dominantes; dan paso, luego de unos pocos milímetros de
lluvia, a un vergel con decenas de especies de flores y su correlato de
insectos, aves y otros animales. Grandes extensiones
de desierto se ven cubiertas por pinceladas de rojos,
fuccias, blancos, amarillos, rosados y naranjas.
La
historia del norte chileno no ha sido fácil para sus habitantes,
esta tierra tan dura y hostil, que esconde grandes reservas minerales,
que tiembla y bota todo lo construído, hoy con su desierto florido
es un canto a la esperanza, un canto a la belleza más secretamente
escondida, a lo que nace en flor, para despertar también en nosotros,
nuestros propios y olvidados jardines.
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